En la sierra norte de Ecuador, las montañas no son únicamente formaciones de roca y tierra. Son seres antiguos, con memoria, voluntad y, sobre todo, corazón.

Y entre todos ellos, ninguno impone tanto respeto y cariño como el Taita Imbabura, el padre protector que vigila los valles desde las alturas.
Cuentan los abuelos, aquellos que todavía saben escuchar las palabras que susurra el viento en los páramos, que hace muchos siglos las montañas tenían vida y podían moverse libremente. En aquellos tiempos, el Imbabura no era el viejo monte que vemos hoy, sino un joven alto y robusto, de carácter inquieto y aventurero.
Dicen que Manuel Imbabura, como le llamaban cariñosamente, era un gigante apuesto. Cuando quería salir de paseo, se vestía con elegancia: usaba un traje de paño oscuro, un poncho azul tejido con hilos de atardecer y un sombrero blanco inmaculado como las nubes.

Por las noches, cuando el valle dormía, él caminaba a zancadas gigantescas, haciendo retumbar la tierra suavemente, saltando de loma en loma para explorar el mundo.
A pesar de su fuerza y juventud, el Taita se sentía solo. Hasta que un día, en uno de sus paseos, miró hacia el horizonte y vio a la mujer más hermosa que sus ojos de piedra habían contemplado jamás.
Era la mama Cotacachi o María Isabel Nieves, como le decían de cariño, una montaña de perfil elegante, cubierta por un manto de nieve blanca que brillaba bajo la luna.
El flechazo fue inmediato. El joven Imbabura quedó perdidamente enamorado.

Decidido a conquistarla, comenzó a visitarla todas las noches. Cruzaba el valle que los separaba llevando regalos dignos de una reina andina: le ofrecía el granizo más puro para adornar su cima, manantiales de agua cristalina y la neblina suave para que le sirviera de velo.
Le susurraba promesas de amor con la voz del trueno y le cantaba con el silbido de los vientos helados.
Al principio, la Mama Cotacachi se mostraba distante, imponente en su frialdad. Pero la constancia y la ternura de Manuel Imbabura terminaron por ablandar su corazón de roca.
Aceptó ser su esposa y juntos sellaron su amor ante la mirada de las estrellas y los lagos.
De esa unión nacieron hijos. El más conocido es el Yanahurco, un monte pequeño que hoy descansa cerca de la falda de su madre, siempre bajo su protección.

Dicen que los años pasaron felices para la pareja. Sin embargo, el tiempo no perdona ni siquiera a los gigantes. Con los siglos, el Taita Imbabura empezó a envejecer. Su sombrero blanco de nieve se fue deshaciendo, su poncho azul se volvió verde y gris, y sus fuerzas disminuyeron. Ya no podía caminar por las noches; el peso de los años lo dejó quieto, sentado para siempre frente a su amada.
Hoy, aunque inmóvil, sigue vigilando. Y cuentan los comuneros que, cuando el Taita amanece con la cabeza cubierta de nubes, no es que vaya a llover: es que el viejo Manuel se ha puesto su sombrero blanco para recordar sus tiempos de juventud y enamorar, una vez más, a su querida Cotacachi.
Cosmovisión Andina y naturaleza
Esta historia es la columna vertebral de la identidad cultural en la provincia de Imbabura. Para entenderla a fondo, hay que mirar los detalles que esconden una sabiduría ancestral sobre la agricultura y el clima.

La dualidad andina (Chacha-Warmi) En la cosmovisión andina, el mundo se rige por la dualidad: el sol y la luna, el día y la noche, lo masculino y lo femenino. El Taita (Padre) y la Mama (Madre) representan este equilibrio perfecto. No son entidades separadas, sino fuerzas complementarias necesarias para la vida. Sin la unión de ambos, la tierra no sería fértil.
El pronóstico del tiempo Para los agricultores de la zona, la leyenda funciona como un barómetro natural muy preciso. La posición de las nubes sobre el Taita Imbabura determina las labores del campo:
- Si el Taita se «pone el sombrero» (la nube cubre la cima), es señal de lluvia y buen tiempo para la siembra.
- Si la cumbre está despejada, se esperan heladas o sol intenso. Los campesinos no miran aplicaciones del clima; miran al Taita para saber si está de buen humor para bendecir la cosecha.
La forma sagrada Si observas el perfil del volcán Imbabura desde cierta distancia, especialmente desde Otavalo, o Ibarra, puedes ver la silueta de un corazón. Esta pareidolia natural ha reforzado durante milenios la creencia de que la montaña es un ser vivo, un «Apu» (espíritu de la montaña) que escucha, siente y responde a las ofrendas de su pueblo.

Al final, la leyenda del Taita Imbabura nos recuerda algo que en la actualidad a menudo olvidamos: no vivimos sobre la tierra, sino con ella.